sábado, 22 de diciembre de 2018

Los bosques en general y el bosque templado en particular


Los bosques son ecosistemas con una gran proporción de árboles resinosos y gomosos. Algunos se definen como bosques maderables, cuando pueden ser explotados para la obtención de madera usada en la construcción.

Bosque de coniferas y biologia


- ¿Qué componentes determinan la aparición de los bosques?


Antes de realizar una clasificación de los distintos tipos de bosques, es necesario establecer qué componentes determinan la aparición de este tipo de formaciones y la relación que mantienen entre ellos. El estado superior de un bosque ha de estar compuesto por árboles de elevada cobertura, de forma que la mayor parte del sistema se encuentre bajo la sombra de este entramado arbóreo. Así, una avellaneda, integrada por árboles que, por lo general, no presentan coberturas elevadas y con plantas que no tienen el porte de un árbol, no se considera un bosque. Un segundo factor a tener en cuenta es la presencia de una densidad suficiente de árboles. Este concepto puede inducir a error, ya que, por ejemplo, los abundantes cultivos de pinos o eucaliptos, muy frecuentes en España, no constituyen un bosque, que se define como una zona donde ha existido una coevolución durante miles de años entre la masa arbórea y el resto de elementos vegetales y animales que se relacionan en ese entorno concreto. De esta manera, la introducción de un elemento nuevo, como el eucalipto, que procede de Australia, puede generar una reacción en cadena de los restantes elementos, que se verán entonces sometidos a una presión inesperada, y cuya supervivencia peligrará en gran medida por el cambio introducido.

Las plantas de los bosques están acostumbradas a unas condiciones ambientales determinadas de humedad y escasa luz, debido precisamente a la cobertura arbórea, que en los cultivos forestales no están presentes. De esta manera, la desaparición de estas plantas provoca un efecto que se deja sentir en toda la cadena trófica, desde los insectos polinizadores a los fitófagos y especies predadoras. El ejemplo anterior pone de manifiesto el complejo entramado de redes tróficas. Desde los organismos vegetales que aprovechan la luz solar, a los productores secundarios y a los consumidores o, en muchos casos, predadores. En los bosques, gran parte de la energía se almacena en las partes duras de los vegetales, y no en los grandes herbívoros o carnívoros; esta energía será luego degradada por pequeños invertebrados, hongos y bacterias. Así se liberan una serie de elementos constitutivos que van a parar de nuevo al suelo, donde serán otra vez aprovechados por las plantas, para reiniciar el ciclo.

Bosques templados y naturaleza

- El bosque templado


Situada al sur de los bosques boreales septentrionales, existe una zona de transición entre el bosque boreal y los bosques de hojas anchas comunes en las zonas más cálidas. Esta franja de transición está constituida por los bosques templados. En Norteamérica, los árboles que predominan en este tipo de bosques son los arces, las hayas y los abedules. Sin embargo, además de especies de hoja caduca, es posible constatar la presencia de coníferas. En las zonas templadas no se dan, prácticamente, zonas boscosas constituidas en exclusiva por árboles caducifolios o coníferas; en general, lo más frecuente es una mezcla de ambos tipos. En estos bosques, los árboles caídos constituyen un componente fundamental; al descomponerse, nutren el suelo y permiten el desarrollo de nuevas plántulas a su alrededor. Hay que tener en cuenta que algunas especies no pueden germinar directamente desde el suelo, sino que necesitan un árbol caído para desarrollarse.

Las coníferas en las zonas templadas más cálidas predominan sobre las especies caducifolias, pues están adaptadas además de al frío a los hábitats más secos. Las agujas de las coníferas son una adaptación, frente a las especies de hoja más ancha, para evitar la pérdida de agua por evapotranspiración. Por tanto, estos árboles requieren mucha menos agua y pueden sobrevivir en suelos arenosos y secos.

Los bosques de píceas y abetos son comunes en zonas elevadas donde el clima es fresco y húmedo. Son muy densos y oscuros, con árboles muy próximos y con numerosos ejemplares caídos, lo que dificulta enormemente el desplazamiento a través de ellos. Están habitados por muchas especies de los bosques boreales. Los bosques de coníferas de zonas secas son muy diferentes a las comunidades forestales de regiones templadas. Cuanto más soleadas y abiertas son, estas formaciones son más secas y, por tanto, se parecen más a la sabana que al bosque propiamente dicho. Los bosques húmedos de coníferas son mucho más frecuentes.

El principal bosque de coníferas es el integrado por secuoya o pino de California, la especie de pino más alta de la Tierra, que requiere para su crecimiento de grandes cantidades de humedad. Su distribución se encuentra limitada a áreas situadas a unos 70 kilómetros de la costa, donde frecuentemente están recubiertos de una densa neblina. Además de este pino espectacular, se da un buen desarrollo del sotobosque, representado por las azaleas, los rododendros, los helechos y las hierbas.

En los bosques secos de coníferas de Norteamérica, la especie de pino más abundante es el pino Ponderosa, que comparte el espacio con el llamado abeto de Douglas, en realidad un olmo, que puede alcanzar una altura de 60 0 70 metros.

Los bosques deciduos o caducifolios se encuentran en toda la zona templada, donde el clima es húmedo. En las áreas más frías, muchos animales invernan o migran hacia el sur durante el invierno. Cuando las cadenas montañosas atraviesan los bosques, el clima llega a hacerse muy severo y puede impedir, incluso, el desarrollo de esta formación; surge así la tundra alpina, integrada por pequeños arbustos y hierbas. Aunque en menor medida que las montañas, las riberas de los ríos también modifican el hábitat y condicionan el desarrollo de especies, que serán muy diferentes de las de zonas más áridas.

En este tipo de bosques, las relaciones tróficas son muy complejas, pues existen muchas especies implicadas, algunas con dietas muy variadas. A modo de ejemplo, se pueden citar en un primer nivel una multitud de insectos y pequeños invertebrados que son el alimento de los insectívoros del bosque; junto a ellos, existen grandes fitófagos, como el corzo, el ciervo y el urogallo. En el nivel de los predadores se sitúan el gavilán, que sólo se alimenta de otras aves (es ornitófago), y el zorro, en cuya dieta se incluyen desde pequeños mamíferos hasta insectos y frutos como las bayas. Entre los tres grandes superpredadores, que constituyen el último nivel, se sitúan el lobo, el oso y el águila.

El bosque es un medio con una marcada estacionalidad. En otoño, algunas especies de robles y hayas, además de otras de menor porte –endrino, grosello y arándano–, aportan una gran cantidad de alimento. Los animales adaptan sus ciclos biológicos a estos incrementos estacionales –igual que se habitúan al frío– y la propia dieta, que en muchos casos está integrada por insectos, durante la primavera y el verano. Las aves y los mamíferos presentan una amplia gama de tácticas para la supervivencia invernal. Algunos mamíferos evitan la fatigosa búsqueda de alimento en invierno, cuya ingestión está directamente relacionada con el control de la temperatura corporal, mediante la hibernación. Especies como el lirón gris, el erizo común y los quirópteros hacen más lento su ritmo cardiaco y respiratorio y se mantienen usando reservas subcutáneas de grasa, como los murciélagos, o alimentándose del almacén de frutos secos recolectado previamente –es el caso del lirón–. El oso pardo gana peso corporal de manera ostensible, mediante grandes ingestas de hayucos, bellotas o castañas que le permiten acumular grasa de la que alimentarse para soportar los rigores invernales. Cuando las temperaturas son propicias, al bosque retornan multitud de especies de aves, como papamoscas, currucas, mosquiteros, colirrojos reales, águilas calzadas, halcones abejeros o petirrojos. Al llegar el verano, se observa un trasiego intenso de aves y mamíferos. Muchas aves, como el urogallo cantábrico o el papamoscas cerrojillo, mudan su plumaje. La marta y la garduña se aparean en pleno verano. Estas especies, así como el corzo, el armiño, el oso pardo y el tejón, aseguran la viabilidad de las crías que nacerían a comienzos del otoño mediante el desarrollo de una adaptación fisiológica, la ovoimplantación diferida o gestación prolongada. El óvulo es fecundado, pero no se implanta en la pared uterina, sino que permanece un cierto tiempo aletargado, es decir, es produce un paréntesis en el desarrollo embrionario. Este sorprendente fenómeno permite alumbrar a las nuevas crías en primavera y no en otoño.

En España se pueden distinguir varios tipos de bosques caducifolios: hayedos, robledales, carballedas, rebollares, abedulares. En los hayedos, como su nombre indica, predominan las hayas (Fagus Sylvatica). Este tipo de árbol se extiende principalmente por Europa Central, y en nuestro país, salvo en algunas zonas aisladas más al sur, queda delimitado por las cordilleras septentrionales. El ritmo de producción de hayucos por árbol es cada cuatro a seis años. El esfuerzo que supone este proceso merma las posibilidades del árbol de cara a las siguientes temporadas, lo que afecta a la fauna que depende de este tipo de alimentación para su supervivencia. Junto con las hayas, es frecuente encontrar tejos, abedules, serbales y acebos.

Los robledales pueden ser de varios tipos. Los de carballos o quejigas presentan hojas que carecen de pelo y tienen un pedúnculo muy corto; los de roble albar se extienden en zonas interiores, al contrario que los anteriores, y presentan como característica propia hojas provistas de algunos pelos en las axilas de los nervios y pedúnculo muy acentuado. Los rebollares, que compiten en los sitios de mayor sequía con los robles anteriores, tienen hojas dotadas de una densa capa pilosa. El carballo es un árbol que puede alcanzar hasta 40 metros de altura y que forma, en zonas del País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia, bosques vigorosos. En las regiones de suelos ricos, junto al roble se pueden encontrar otras especies, como el fresno y el tilo. Los bosques de roble albar se presentan en zonas más meridionales y son los que han sufrido una explotación más intensa por parte del hombre, pues los suelos sobre los que se asientan suelen ser terrenos propicios para prados de siega y cultivos. El rebollo o melojo es una especie de roble que puede alcanzar los 25 m de altura. Su distribución es más reducida que en los casos anteriores. En zonas de rebollares de clima relativamente seco se cultiva con éxito otra especie: el castaño.

El abedul forma, en general, una estrecha franja por encima de los hayedos en las umbrías y por encima de los robles en las solanas. Los bosques de abedules son relativamente abiertos y se desarrollan comúnmente en suelos silíceos. En ellos, junto a los abedules, se pueden encontrar especies como el serbal y, en menor número, mostajos.