domingo, 3 de marzo de 2013

Los tejidos de las plantas



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Los tejidos de las plantas se agrupan en dos categorías según hayan mantenido o perdido la capacidad de dividirse como consecuencia de la especialización adquirida para llevar a cabo funciones específicas: tejidos embrionales y tejidos adultos, respectivamente.

El conjunto de pequeñas células ricas en citoplasma, pobres en vacuolas, con una pared no demasiado gruesa, un núcleo bastante voluminoso y capaces de dividirse, constituye los meristemas o tejidos embrionales. Algunos están situados en los extremos de la planta, en el ápice de los tallos y de la raíz, a cuyo crecimiento en longitud contribuyen. Otros forman importantes estratos circulares (cámbium) a lo largo de la raíz y del tronco: la actividad de estos tejidos es la responsable del crecimiento secundario en espesor de la planta.

Las células que proceden de tejidos embrionales se especializan, es decir, se adaptan a la función que deben desempeñar. Todas aquellas que han adoptado una forma idéntica constituyen los distintos tejidos adultos o definitivos, que reciben nombres diferentes según la función que desarrollan.

Se denominan parénquimas los tejidos de relleno, que son especialmente importantes, como por ejemplo el parénquima clorofílico, formado por células ricas en cloroplastos y que se localiza en las partes verdes de la planta. Al tejido en el que se acumulan sustancias de reserva, tales como almidón, azúcares, grasas, aceites, etc., se le llama parénquima de reserva. Los parénquimas acuíferos y aeríferos son más específicos, puesto que no están presentes en todos los vegetales, sino sólo en algunos de aspecto y costumbres particulares. Por ejemplo, las plantas grasas deben su extraordinaria resistencia a los climas áridos a la presencia de células del parénquima acuífero, capaces de retener grandes cantidades de agua. En las plantas acuáticas existen determinadas células que forman un tejido esponjoso rico en espacios intercelulares (parénquima aerífero) destinados a la circulación del aire. Los tejidos mecánicos o de sostén están constituidos por células engrosadas y reforzadas que se alargan y apiñan unas junto a otras, confiriendo al tejido, además de resistencia mecánica, la elasticidad característica de las ramas jóvenes, los brotes, etc. Hay dos tipos: el colénquima, compuesto por células vivas, y el esclerénquima, formado por células muertas, más robusto y resistente que el primero. Precisamente gracias a los tejidos de sostén, las plantas pueden alcanzar una altura equivalente a 400 veces el diámetro de su tronco. Los tejidos conductores o vasculares, configurados por series  lineales de células comunicadas entre sí, sirven para el transporte de los líquidos nutritivos de las plantas. Son de dos tipos: el tejido vascular (llamado también xilema, o más habitualmente madera) y el tejido criboso (floema o líber). El primero transporta agua y sales minerales, la denominada savia sin refinar, que sube desde las raíces hasta las hojas. Cuando las células que constituyen estos canales de conducción se lignifican a lo largo de las paredes, se vacían internamente y mueren, pero mantienen sus paredes transversales, formándose así las traqueidas o vasos cerrados (se mantiene la comunicación entre las células gracias a las punteaduras, zonas de la pared celular que permanecen sin lignificar). Si, por el contrario, pierden las paredes intercomunicantes, se habla de tráqueas o vasos abiertos, que en ocasiones pueden llegar a alcanzar varios metros de longitud (en las lianas llegan a tener la misma longitud que la planta). Son característicos los engrosamientos lignificados a lo largo de las paredes externas, que parecen esculturas en forma de anillo, de espiral o de escalera (de ahí el nombre de vasos anillados, espirales, escalariformes, etc.). El segundo tipo de tejido conductor lo componen los tubos cribosos. Están constituidos por células vivas en las que las paredes intercomunicantes no han desaparecido y están agujereadas como cedazos o cribas (de ahí su nombre). Transportan la linfa elaborada que desciende desde las hojas a lo largo de toda la planta. Durante el invierno, los pequeños agujetos en las paredes divisorias transversales (placas cribosas) se cierran y el flujo de linfa se detiene. Los tejidos conductores se reúnen en cordones verticales denominados haces. Por último, existen tejidos protectores que recubren y protegen las partes de la planta. Son características sus células prismáticas, adosadas unas a otras en una superficie continua que se interrumpe sólo en las partes aéreas de apertura regulable (estomas). El recubrimiento puede ser muy fino, como sucede en los pétalos de las flores.

En las raíces y ramas de muchas plantas las células de recubrimiento se suberifican, es decir, forman capas de corcho, un tejido muy aislante. También los pelos que se localizan en la superficie externa de muchas plantas atenúan una iluminación excesiva (como en las yemas) o impiden una transpiración demasiado abundante (como en las inflorescencias de la flor de las nieves o edelweiss).