martes, 26 de febrero de 2013

Reino monera



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Los moneras o procariotas, que forman el reino monera, son antiguos y sencillos seres vivos, presentes en gran número en muchos lugares del planeta: desde las profundidades abisales de los océanos hasta la alta montaña, o en las fuentes termales (hasta 80 º C). Nuestro cuerpo alberga muchos de ellos: sólo en la boca prospera un número superior al de la población humana actual. La amplia difusión de estos organismos se debe a su capacidad para sobrevivir en ambientes extremos y a su rápido crecimiento.

Los procariotas incluyen dos grupos: las cianobacterias (cianofíceas o algas azules) y las bacterias. Las primeras son organismos autótrofos que contienen clorofila, y son por tanto capaces de fotosintetizar y liberar oxígeno. Su acción ha sido y sigue siendo fundamental: sin ellas, la reserva de este valioso gas disminuiría considerablemente. Las bacterias son un grupo muy variado que incluye seres autótrofos y heterótrofos. Los primeros, aun siendo capaces de sintetizar sustancias orgánicas útiles, no poseen clorofila y no liberan oxígeno. Las demás bacterias son heterótrofas y utilizan para vivir sustancias orgánicas previamente formadas. Otro tipo de clasificación atiende a la capacidad de vivir en presencia o ausencia de oxígeno: según este criterio existen bacterias denominadas respectivamente aerobias o anaerobias. La importancia de estos procariotas para la vida en la Tierra es fundamental. Muchos de ellos contribuyen de forma determinante a la descomposición de vegetales y de animales muertos (en este caso se habla de bacterias saprófitas, del griego sapros, "podrido").

Otras bacterias son fundamentales para la agricultura, pues absorben el nitrógeno de la atmósfera y enriquecen el suelo con este valioso elemento. Además, las particularidades capacidad químicas de fermentación de algunos de estos microorganismos son aprovechadas en la industria alimentaria (por ejemplo, para la producción de ácido láctico) o farmacéutica (para la elaboración de antibióticos). Existen por último bacterias patógenas (del griego pathos, "enfermedad"), es decir, susceptibles de provocar enfermedades a los animales (incluido el hombre) y las plantas.