sábado, 20 de octubre de 2012

La teoría de la evolución



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La teoría de la evolución es una teoría biológica que postula el origen de las especies vivas a partir de especies preexistentes que se han modificado en el transcurso de las sucesivas generaciones.

Teoria de la evolucion

En realidad, el término evolución entraña una ambigüedad por cuanto implica una progresión hacia niveles superiores, concepto que esta teoría no contempla: ninguna especie está más evolucionada que otra; al contrario, todas se limitan a modificarse, volviéndose unas veces más complejas y otras más simples, sin ninguna tendencia a la perfección.

- Hitos históricos


Hasta hace ciento cincuenta años era opinión generalizada que las distintas especies vivientes de la Tierra se originaron en procesos creativos separados, y hasta el siglo XVIII no empezaron los biológicos, botánicos y geólogos a formular teorías evolucionistas basadas en la observación científica. En 1721, el filósofo francés Charles-Louis Montesquieu, después del descubrimiento en la isla de Java de un extraño simio con alas similares a las de un murciélago, el lemur volador o colugo, emitió la hipótesis de que las distintas especies animales podían derivar de unas pocas especies primitivas y que los rasgos que las distinguen están en continuo aumento o disminución; este concepto de la transformación de las especies está en la base misma de la evolución.

En 1751 el matemático francés Maupertuis, basándose en observaciones sobre las malformaciones neonatales y en la teoría de los atomistas griegos (filósofos prearistotélicos), formuló la hipótesis de que la diversidad de las especies animales se debía a una combinación casual de unidades (o átomos dotados de vida) presenten en todo organismo, que diferenciaba a la descendencia del progenitor.

Karl von Linneo (1707-1778), insigne botánico sueco fundador de la nomenclatura biológica moderna, clasificó un elevado número de plantas, muchas desconocidas hasta entonces y procedentes de todas las regiones del mundo. Reagrupó las plantas que conocía en clases, órdenes, géneros y especies y, en base a la nomenclatura latina doble (es decir, con "nombre" y "adjetivo"), asignó el nombre al género y el adjetivo a la especie.

Linneo clasificó las plantas siguiendo un método artificial basado en una sola característica, la de los órganos reproductores, según el cual el número de pistilos de una planta determinaba el orden, mientras que el de estambres definía la especie. En una segunda fase, introdujo asimismo el método de clasificación natural, que se basa en múltiples características, como el tipo de raíces, la forma de las hojas y la de los tallos. Pese a la profundidad de sus estudios en el campo de las ciencias naturales, Linneo, que era hijo de un pastor luterano, estuvo influenciado por la religión y fue un gran defensor del creacionismo; únicamente a finales de su vida admitió la posibilidad de que entre las distintas especies pudiera existir alguna analogía.

El naturalista francés George Buffon (1707-1788), en los primeros dos volúmenes de su monumental obra Historie naturelle (44 volúmenes, algunos de ellos terminados por sus colaboradores) en la que describe muchísimas especies animales, vegetales y minerales (creía que los minerales también eran formas de vida), sostuvo que todas las tentativas de clasificación de los organismos vivos eran un artificio de la mente humana porque no había discontinuidad alguna entre los distintos órdenes, clases, géneros y especies animales; por lo demás, afirmó que todos los organismos están estrechamente relacionados entre sí. Sin embargo, advirtió que algunos cruces entre animales que se consideraban com o pertenecientes a la misma especie eran infecundos, y así aceptó la definición correcta de especie: un conjunto de individuos fecundos entre sí. Con todo, Buffon no era un evolucionista en el sentido moderno del término, ya que no pensaba que los organismos más complejos habían evolucionado a partir de los más simples: al contrario, sostenía que las formas más simples eran el resultado de a degeneración de formas más evolucionadas, por lo cual el asno era un caballo degenerado y el simio un hombre degenerado. De todas formas, estas convicciones erróneas impulsaron el nacimiento del concepto de continuidad de las especies, en oposición a la teoría de la inmovilidad, que en aquella época dominaba el mundo científico.

En 1794, Erasmus Darwin, abuelo del famoso Charles, fue un defensor de las primeras ideas evolucionistas. Erasmus creía que las costumbres adquiridas por los animales durante el curso de su vida podía transmitirse a su progenie, y que los series vivos evolucionaban en virtud de una fuerza interior que los impulsaba hacia formas superiores.

Pocos años después, e independientemente de Erasmus Darwin, el naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), profesor de zoología en el Museo de Historia Natural de París, avanzó con mayor precisión que aquél una teoría similar. En 1802, Lamarck, después de estudiar los invertebrados, a los que clasificó en diez clases, observó que estos animales presentaban cambios graduales en su estructura y en la organización de sus órganos. En base a estas observaciones, formuló por primera vez en la historia una escala con un orden evolutivo; este orden mostraba los estadios a través de los cuales los animales pasaban de simples organismos unicelulares a mamíferos. Su sistema de clasificación habría de convertirse con el tiempo en la base del sistema moderno. En 1809 publicó su Filosofía zoológica, obra en la que exponía su teoría de la evolución; el enunciado principal afirmaba que todos los animales poseen una fuerza interior constantemente dirigida hacia el perfeccionamiento de la especie (en contraste con la teoría de Buffon, de la evolución por degeneración); el segundo enunciado sostenía, en cambio, que el medio podía inducir cambios en los órganos y en el comportamiento de los animales. Basándose en esta segunda consideración, formuló la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos, según la cual las modificaciones inducidas por el ambiente podían transmitirse a la progenie. Las teorías evolucionistas de Lamarck encontraron una decidida oposición de Georges Cuvier (1769-1832), profesor de anatomía comparada e iniciador de la paleontología, la ciencia que se ocupa del estudio de los restos orgánicos fósiles. Cuvier sostenía que todas las estructuras anatómicas de un cuerpo estaban en estrecha relación entre sí, y que todos los órganos tenían una función tan bien determinada que excluía toda posibilidad de cambio. Para Cuvier, ésta era la prueba evidente de la inexistencia de cualquier proceso evolutivo de transformación. En su tratado Huesos de vertebrados fósiles, fechado en 1812, describe las reconstrucciones de los animales extinguidos y distingue los diferentes estratos geológicos en los que se hallaron éstos. Cuvier constató que los animales fósiles descubiertos en los estratos superficiales eran más similares a las especies vivientes que los que se encontraron en estratos más profundos; explicó estas observaciones como el resultado de sucesivas catástrofes (teoría del catastrofismo) en las que morían todos los seres vivos, y de la subsiguiente repoblación de las zonas afectadas gracias a la migración de animales desde las zonas limítrofes. Cuvier estableció como principio que las especies animales eran fijas e inmutables, y que fueron creadas tal como las vemos; por lo demás, la ausencia de fósiles de animales intermedios entre los extinguidos y los vivos era, según él, otra prueba evidente contra la evolución.

Un defensor convencido de la evolución fue el geólogo británico Charles Lyell (1797-1875), quien en 1830 publicó Los principios de la geología, texto del que se publicaron doce ediciones y en el cual se ilustraban, entre otros, los procesos de formación de las rocas metamórficas y se introdujo el término metamorfismo. Lyell sostenía que la historia de la Tierra podía explicarse únicamente en base a fuerzas geológicas que todavía actuaban entonces si se tomaban en consideración tiempos indefinidamente largos. Este punto de vista recibió el nombre de uniformismo y fue decisivo para Charles Darwin (1809-1882), el más grande de todos los teóricos de la evolución.

En diciembre de 1831, Darwin emprendió un viaje, en calidad de naturalista, por las costas de América del Sur y los archipiélagos del Pacífico, que concluyó con su retorno a Gran Bretaña en 1836. Durante estos cinco años recogió una enorme cantidad de datos sobre las distintas especies animales, que luego resultaron ser fundamentales para la elaboración de su teoría de la evolución.

Sus deducciones se basan en cuatro observaciones: las especies similares que viven en zonas vecinas presentan diferencias morfológicas; existen analogías estructurales entre las especies vivientes y los fósiles presentes en la misma zona; existe una cierta semejanza entre las especies presentes en las islas y las del vecino continente, mientras que se presentan diferencias en los animales de la misma especie que viven en islas distintas del mismo archipiélago.

Según Darwin, el conjunto de estos distintos aspectos podía explicarse mediante la hipótesis de que las distintas especies derivaban de un progenitor común y que fueron modificándose en el transcurso de las distintas generaciones. Pero ¿cómo habían tenido lugar estas modificaciones? Darwin cuenta en su biografía que, en 1836, después de la lectura del ensayo de Malthus sobre las poblaciones, le apareció claramente la respuesta: la lucha por la supervivencia, propia y connatural a todos los animales y las plantas, tiende a conservar los individuos más aptos y a suprimir los menos adaptados; esta selección se resuelve con la formación de nuevas especies. Basándose en este principio, Darwin formuló la teoría de la selección natural, que fue perfeccionando a lo largo de los años.

Por las mismas fechas, el naturalista británico Alfred Russel Wallace (1823-1913) llegó a las mismas conclusiones en el tratado Sobre la tendencia de las variedades a alejarse del tipo originario, que se presentó junto con la obra de Darwin en la Sociedad Linneana de Londres, en julio de 1858. Al año siguiente se publicó El origen de las especies, un extracto del monumental trabajo desarrollado por Darwin.